La accesibilidad de tu museo es ilegal desde 2025, y no lo sabes

La norma que nadie ha notado
El 28 de junio de 2025 entró en vigor la European Accessibility Act. Ningún museo recibió una carta. Ninguna convocatoria la ha convertido en condición explícita de manera uniforme. No hubo una campaña de comunicación comparable a la del RGPD. Y sin embargo la norma existe, está operativa y se aplica a los servicios digitales ofrecidos a un público, y una audioguía o una app de museo es precisamente eso: un servicio digital que una persona usa para acceder a un contenido.
La distancia entre "la norma existe" y "el sector museístico se ha dado cuenta" es donde se juega la parte más interesante de este artículo: no tanto lo que dice la ley, sino por qué todo un sector sigue comportándose como si no le afectara.
Qué cambia en la práctica
No se trata de rehacer la web, ni de sustituir toda la infraestructura digital de un museo. Se trata de hacer accesibles los contenidos a quien tiene una discapacidad visual, auditiva o cognitiva, con intervenciones concretas y acotadas:
- texto alternativo para los contenidos de audio, para que quien no puede escuchar tenga igualmente acceso a la información
- compatibilidad con lectores de pantalla para la interfaz de la app o de la web
- subtítulos o transcripciones para cada contenido de audio
- contraste y tamaño del texto ajustables por el usuario
- recorridos en lengua de signos donde el contenido lo requiera
Ninguno de estos puntos, tomado por separado, es un proyecto enorme. Es la suma no planificada lo que hace que parezcan insuperables.
Por qué el riesgo no es la multa
El riesgo concreto para un museo medio no es tanto la sanción administrativa, que requiere una actividad de control que en muchos contextos está todavía en sus inicios. El riesgo real es la exclusión de convocatorias y financiaciones que, cada vez más a menudo, incluyen la accesibilidad digital entre los requisitos de admisibilidad o entre los criterios de valoración. Un museo que hoy no puede demostrar un recorrido accesible pierde puntos antes incluso de que el proyecto se evalúe por su mérito cultural o científico. Y en una convocatoria competitiva, unos pocos puntos lo deciden todo.
Hay además un segundo riesgo, menos visible pero igual de concreto: un museo que comunica su oferta digital como "para todos" sin que realmente lo sea expone una brecha entre promesa y realidad que, en una época de creciente atención a la inclusión, puede convertirse en un problema reputacional antes que legal.
Por dónde empezar
Tres pasos que no requieren el presupuesto de una entidad líder de convocatoria:
- Una auditoría rápida de los contenidos existentes: qué monumentos o salas ya tienen un texto simplificado o un vídeo en lengua de signos, y cuáles no. Este censo, por sí solo, suele revelar que el problema no es "todo por hacer" sino "concentrado en la mitad de la colección".
- Una prioridad sobre los contenidos más visitados, no sobre toda la colección a la vez. Las diez paradas más visitadas de un museo interceptan casi siempre a la mayoría de los visitantes: empezar por ahí produce un impacto real con un esfuerzo contenido.
- Un proveedor que trate la accesibilidad como una funcionalidad nativa de la plataforma, no como un proyecto aparte que hay que encargar cada vez. Es la diferencia entre una intervención que se repite en cada actualización y una que se mantiene sola.
La norma no pide la perfección inmediata. Pide una dirección declarada y un plan verificable. Es exactamente lo que hoy falta a la mayoría de los museos italianos.
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